Siempre he pensado que cuando nacemos,
la vida nos presta una caja vacía.
Y cuando morimos, la devolvemos.
Y nada más.
Están quienes llenan esa caja con música, colores y aventuras,
y quienes temen meterle algo.
También están aquellos que sin querer la rompen,
y se les caen todos los contenidos,
o quienes –vaya a saber uno por qué–
agarran un cuchillo y la destrozan.
Están quienes la llenan de basura,
y quienes se pasan la vida limpiándola.
Hay cajas que rebosan ternura y otras que huelen mal.
Algunas explotan, inquietan o sorprenden,
y muchas pasan desapercibidas.
Hay cajas grandes y pequeñas,
abiertas y cerradas,
de metal o de papel,
azules, rojas, verdes, grises...
Así, las personas andan
para todos lados con sus cajas a cuestas,
haciendo con ellas lo que pueden,
o lo que consideran necesario.
Gracias a esta idea,
cada tanto reviso mi propia cajita,
y tiro todo lo que ya no sirve,
como sentimientos en descomposición
o experiencias desechables
que he guardado por torpeza o ignorancia.
Es que cuando sea el momento
me gustaría devolverla
en buenas condiciones,
limpia y liviana.
No es que me sienta en deuda por algo,
al fin de cuentas nunca pedí venir por aquí.
Tampoco pienso que tenga que dejar
ideas o hechos especiales para la posteridad.
Es sólo una cuestión de estilo.
Simple estética.
Y entonces,
este blog trata de mis intromisiones
en cajas ajenas,
motivado quizás por la intuición
de encontrar luces
que me permitan ver
por dónde camino.
A. Crimi